Vado ancho
Carlos López
Oficios incompartidos
Detrás de la hoja en blanco
hay un campo de algodón en flor.
El que tapizca la bellota recibe baños de ddt del cielo,
el que escribe se da sus baños de pureza;
aquél es nombrado jornalero,
éste se autodenomina poeta;
uno vive en la nube,
el otro implora un poquito de su sombra;
uno cree en la diosa-musa,
el otro ni en sí mismo
(el pleonasmo se llama licencia poética si lo dice el creyente,
barbaridad si lo dice el otro);
uno está lleno de palabras, es sabio;
el otro se duerme con la panza vacía, ignorante;
aquél tiene verdades y las dice,
éste las busca calladamente;
uno es imprescindible para los informes presidenciales,
el otro, sólo para algún desfile;
uno espera ansiosamente que se acabe la vida,
el otro no quiere que pase el tiempo, su beca de por vida no abarca la inmortalidad;
el autodenominado escribe con propiedad cotton fields,
el nombrado firma con una cruz;
uno va de compras al super market,
el otro a la tienda de raya;
uno sueña elefantes voladores de color magenta,
el otro con otro de moño negro;
uno sueña que sueña,
el otro sueña con el que sueña que sueña.
Ambos hacen surcos:
uno con tinta, otro con machete;
los dos usan garabatos:
uno, compulsivo, para atrapar la idea,
el otro para agarrar más monte;
el tapizcador delinea la hoja en blanco arrancando sus frutos,
el escritor lo hace a renglón seguido.
Sendas manos son las creadoras:
una se aprieta para coger el lápiz,
la otra se abre para atrapar el mundo.
Allá arriba alguien fantasea: ve dos hojas en blanco:
se asoma a ver el espectáculo: ríe.
|